El imperio romano

Libations, Ursula Rucker.
canción para el final de estas crónicas.
Solo asistí a los goles de los partidos finales. El último partido completo fue el de Pekerman en la Copa del Mundo. Y el de la eliminación e Brasil, pero no en vivo, sino en una repetición.
Prefacio preparado.
No me gusta que un árbitro argentino haya sido protagonista de ese momento horrible. Roja para un mito, Zidane. Imposible no expulsar; aunque en el dolor del mito es un hito.
Quizá no escribí ni tomé tiempo en los partidos finales de la Copa del Mundo, sorprendido por la confirmación de algunos delirios que imaginé, no sólo al principio de blog, sino durante. Y ahora, ya que es esta la crónica de salida.
No estoy interesado en el fútbol que, al menos, no sea entretenido. La Copa más global, la que superó la anterior, la llamada experiencia oriental (dos colosos), es una de las más chatas. Más incluso: es difícil arriesgar un último gran campeón, como Brasil del 70. Maradona fue un gladiador, por lo que Argentina tampoco fue un gran campeón como equipo, como idea del deporte en resultados y espectáculos. Italia es campeón, pero, sinceramente, esos campeones a veces parecen hechos para la estadística, aún en los “esfuerzos de innovación” táctica, que pudieron apreciarse. Me parece muy forzada, aún así, la visión, pero respeto ciertos aciertos sorpresivos en Italia. Aunque es también otra estadística.
Argentina fue el equipo de la magia, y se sabe que eso viene, pero también eso se va. El fútbol del mundo renovó la ilusión de un gran equipo, una presión que ese mismo seleccionado, por su juventud, no podía sostener. La magia de un día inolvidable: el baile más sofisticado de esa larga siesta que fue la Copa. No hay soberbia, ya que el mundo no es de los ciegos, aún. Pero tampoco Argentina rindió con equilibrio durante el resto del torneo. Entonces, el seleccionado de Pekerman fue, no el que jugó mejor, sino el que jugó más parecido a un buen equipo. Es decir, las críticas a Riquelme, que se escucharon luego de la eliminación, reclamaban, a mi entender, la presencia del héroe, el gladiador de las pampas. Riquelme no es jugador apático, como es denominado por cierta prensa. Apenas no participa de una épica que no acepta: la presión a la “Maradona”. Es otro estilo de jugador.
Brasil, en cambio, fue un poco mejor que la eliminación de Argentina en 2002. Aunque el impacto es alucinante. Aún incrédulos y tan antropófagos como en el Río de la Plata. “Nosotros sabemos quiénes son los culpables”, parece ser, a veces, el eje central. Las personas más lúcidas opinan que el único culpable de la eliminación fue Francia, que jugó muchísimo mejor el partido. Furias contra la vieja guardia, ciclo con interrogantes para otros, y un sorpresivo fogueo para quienes debutaron, Robinho, que se supone que sobrevivirá a la mutación que se avecina. Importa, y mucho, pero por ahora no hay nada más que indignación, enojo generalizado y también una saludable autocrítica, quizá una de las catarsis más inteligentes.
Gusto poco de la manipulación de las personas, y estos hechos deportivos tienen esa fuerza capaz de detener un país, una región, este mundo. No me gustan los poderosos, arrogantes, llenos de su poder. Prefiero los que no aparecen nunca.
Reitero algo que desprecio: los buzos deportivos en los DT. Es algo que supera la razón, definitivamente una tara, más, claro. Quién explica el por qué de esos atuendos en algunos entrenadores.Agradezco a quienes pasaron por aquí, de una u otra manera. Y a Luis Abrego, especialmente, por su habitual agudeza, y también por compartir su pasión.





































