Wednesday, June 14, 2006

El mundo nos copa

Por Luis Abrego
abregotxt@yahoo.com.ar


Y finalmente llegó el Mundial, con su carga inexorable de reloj contemporáneo que cada cuatro años nos da las suficientes campanadas globalizadoras que anuncian que el tiempo sigue pasando, inevitable, aunque ahora podamos disfrutarlo con tecnología digital y en pantalla plana. “¿Qué estábamos haciendo hace cuatro años?”, nos preguntamos. “¿Con qué soñábamos, más allá de una final?”, nos punzamos el alma.
La fragilidad de la memoria suele tener la verba inflamada, sobre todo a la hora de convencernos de nuestras propias debilidades o de lo que prometimos hacer en estos últimos cuatro años y que aún no hemos cumplido. Incluso, nuestras mismísimas defecciones se justifican en la fugacidad de ese tiempo, en lo rápido que pasan los lustros, que hace que contemos mundiales como si fueran años, y con ellos, también corre nuestra vida. Como un camarógrafo en travelling que no puede perderle pisada a ese carrilero que se escapa con la sabia intuición de tirar un centro atrás, que se sabe, es medio gol. En la corrida, nos jugamos la transmisión en vivo y en directo de tan soberbio evento, para todo el mundo y a todo color, que es nuestra propia vida. Esencia única e irrepetible, como esas imágenes que hoy paralizan al globo con esta Copa del Mundo y que han de quedar en alguna memoria, tal vez en la nuestra, como memoria de las propias existencias. Es que el fútbol nos copa, es que el mundo nos copa.
Tal vez allí resida una de las tantas aristas apasionantes que estas megaconvenciones de la cultura contemporánea tienen preparadas para nosotros. La de ser la idéntica escenografía para cientos de millones de espectadores que en los lugares más dispersos del planeta pueden dar fe de ese mismo instante bajo el efecto unificador de una sociedad global vía satélite. ¿O acaso no recuerda usted dónde y con quién estaba el santo día que Maradona hiciera su más famoso gol? Aquel de la gambeta interminable, pasando ingleses como postes... Multiplique por millones su vivencia, en todos y cada uno de los que vieron esa transmisión en todo el mundo. Muchos más de los que vivieron la puesta de un pie del hombre en la Luna..., casi los mismos que habrán fruncido su cara cuando el segundo avión impactó en las Torres Gemelas bajo un inexpresivo sobreimpreso que apenas decía “live”...
Ahí, en ese poder casi omnímodo, está la fortaleza y la debilidad de esta tecnocultura, que en todo caso permite la simultaneidad de experiencias y sensaciones, pero aún no consigue eliminar las distancias. Alemania sigue estando a los mismos miles de kilómetros de mi casa que cuando allí, en 1450, don Gutenberg inventó los tipos móviles que posibilitarían imprenta (y desencadenó así toda esta historia de la reproducción de contenido para consumo masivo).
Alemania sigue lejos, por más que todos los canales de tevé transmitan todo el día, incluso la intrascendencia periodística de un micro que sale de la concentración y va a un predio de entrenamiento. Para colmo de males, el arsenal publicitario, entre tanda y tanda, sigue apelando –hay que reconocerlo, con mucho ingenio- a la pasión que nos hace creer que por un mes nosotros estamos ahí. Que nuestros jugadores no están tan solos, ni tan lejos de su patria. Que cualquier forma de consumo, no hace más que contribuir a nuestra empatía nacional y al soporte anímico que nuestros muchachos necesitan en tan magno desafío planetario. Por lo pronto, y más allá de disfrutar de la instantaneidad de esta fiesta a la que no hemos sido invitados, pero que igual nos permiten ver, empezaremos a especular con algunas otras obsesiones más o menos recurrentes. Que los directores técnicos se ocupen de las formaciones y los esquemas de juego. Que nos dejen a los chiquilines que miramos de afuera rumiar nuestras propias preguntas de cara a los próximos cuatro años, cuando en el 2010 el mundo vuelva a sufrir parálisis facial frente a una pantalla: “¿Qué estábamos haciendo hace cuatro años?”, “¿Con qué soñábamos, más allá de una final?”.

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